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Baño de realidad

Escrito por sebpita 06-01-2019 en Cuento de Navidad. Comentarios (0)

El primer farol de mi vida me lo tiré con toda la audacia que me permitieron mis nueve años. Las sospechas eran muchas, algunos niños del colegio se vanagloriaban de saber una VERDAD que los más ilusos queríamos ignorar. De pie frente a la mesa del despacho de mi madre la obligué a asumir sin plazo ni cortesía la gran pregunta disfrazada. Mamá, sé que los Reyes no existen. Mi madre, mi rival, se vio desnuda de alternativas y reconoció ante el niño su mentira y mi ridículo. Lloré como lo que era, confesando que no lo sabía, que sólo lo sospechaba, y que ella acababa de confirmármelo. Mis sollozos fueron superiores a sus fuerzas y trató de consolarme de la única manera que se le ocurrió. Es broma hijo, me dijo. Que sí, que existían, que lo anterior era sólo un juego. Que lo sentía, me dijo. En el fondo de mi ser no podía resistirme a la certeza de que se trataba de una nueva mentira consoladora, pero me esforcé por creer, cayendo en la cuenta de que un mundo sin magia era demasiado simple o demasiado complejo. Esos escasos diez segundos me bastaron para vislumbrarlo demasiado desolador. Sin embargo, quería saber la VERDAD, algún día sería MAYOR y tarde o temprano tendría que acostumbrarme al mundo tal y como era en realidad. Mi maldito pragmatismo precoz. El ansia de saber se tornaba más fuerte que la ilusión. Mamá, no me mientas, dime la verdad. Fue entonces cuando mi progenitora resolvió que era hora de capitular y reconocer una mentira de casi una década. Lo sabe mi hermana, pregunté. Sí, lo sabe. Desde hace mucho, volví a preguntar. Unos tres años. Tres navidades de engaño, concluí, durante las cuales yo fui el único responsable de la patraña colectiva y familiar. La humillación era completa. Ya me temía lo peor. No obstante, aún quedaba un hilo de esperanza en mi ridícula fantasía infantil, de modo que volví a preguntar esbozando una leve sonrisa; pero el Ratoncito Pérez sí existe, ¿verdad?

Despertar

Escrito por sebpita 21-10-2018 en Zenda Poesía Otoño. Comentarios (0)

Mis ojos se marcharon tras tu pelo pajizo
y mis labios te buscaron con urgencia,
como mis pulmones el aire.

Mis manos encontraron tus pieles, tus cabellos,
sentí el éxtasis que generan tus caderas
y una explosión de lava que mi cintura atrapa.



Desperté del sueño sabiendo que estás lejos.
Y.
Se me cayeron las palabras, pesadas como yunques,
murieron mis veranos, llegaron los otoños,
cruzaron los océanos, viajaron en los buques,
volvieron a Madrid, de luto, los madroños.


Huyeron, de los lienzos, los trazos a los pinceles,
miraron los extraños mis densos lagrimones,
brotaron los versos, como el agua, a borbotones,
y volaron de mi mente las palabras a estos papeles.

Desintoxicación

Escrito por sebpita 03-02-2018 en Cuento. Comentarios (0)

El semblante triste y resignado, con lágrimas que deambulan lentamente por las mejillas y mueren en las comisuras. La mujer lo ve sentado en la cama, con los codos apoyados en las rodillas, sosteniendo un cigarrillo entre el dedo índice y el anular, amarillos. Él no llora. La cabeza fija en el suelo, el humo parecía moverse como una sábana indecisa a un lado y al otro, con calculada lentitud. Ella sale respetuosa, decidida a permanecer afuera durante el proceso.

Él había dado las órdenes sosteniéndole las manos y la mirada, ella había aceptado sin palabras, comprendiendo que estaba de acuerdo. Ningún contacto, ninguna concesión, sean cuales fueren las súplicas, los reproches que pudiera haber detrás del hombre y su ridículo.

Pasó las primeras horas con la mirada fija en el techo, contemplando la humedad y esperando impaciente el sufrimiento, retirado en su Santa Helena, la habitación que sería su exilio. Se reconoció a sí mismo con absoluta franqueza que le era imposible descubrir o inventar en qué año, a qué altura de la vida había cruzado el límite, traspasado la frontera de lo socialmente aceptable.

Salió una semana después, fatigado pero feliz. El pelo revuelto y sucio, una manta sobre los hombros. La memoria no había registrado el derrumbe padecido por el cuerpo, que había vencido la abstinencia. Le daba la sensación de que había avanzado paralelamente a todo eso. Se acercó a ella, movió la cabeza y pudo verle la cara que mostraba esperanza o la fingía para complacerle. Nunca podría haberlo logrado sin la entereza que la mujer mostró en todo momento. Había sobrevivido al ruido y al asco, y esperaba modestamente poder volver a ser libre. Había sobrevivido a una semana sin Instagram.


En ruina ¿no?

Escrito por sebpita 06-01-2018 en Cuento. Comentarios (0)

Uno no puede saber cuánto queda en éste de aquel tipo al que ella decidió juntarse casi por casualidad, con el que en algún momento pensó que, quizás, con suerte y alguna que otra dosis de Valium, podía tener hijos, salir a pasear, cenar los treintayunos. En definitiva, llegar a la vejez. Difícil vislumbrar en él aquel flequillo negro que caía elegante sobre la frente, los ojos verdes, grandes y separadísimos, como imanes que se repelen.  La sonrisa blanca de medio lado, el pecho ancho y atlético y las piernas largas y firmes en el paso. Está ya muy lejano ese tiempo en el que con su solo aspecto logró convencerla de que no había llegado al mundo para fracasar irremediablemente.

Las once y cuarenta y dos. El tipo baja las escaleras lentamente, descifrando cada paso, procurando apoyar el pie en el punto certero, colaborando con el equilibrio. Maldice internamente el casco viejo santiagués, los cuartos pisos sin ascensor. Por fin alcanza el portal y apoya la mano sucia en el picaporte. Clack. El aire frío le golpea en la cara y obtiene una visión densa y nublada que casi le despereza. Hacia arriba, diminutas gotas amarilleadas por la luz de las farolas en un cielo gris oscuro, suspendidas en el aire. Poalla, piensa. La acera negra salpicada de pequeños brotes verdes en los recovecos más insospechados y estrecha, estrechísima, desafía a un volatinero. En la calle, la más desoladora imagen de la clandestinidad. A lo lejos, algún sonido de ruedas revolcándose en el asfalto mojado y los estudiantes celebrando en la plaza. De los edificios no veía más que sus fachadas y las persianas bajadas. La luz, tenue, favorece el desengaño.  Es extraño el silencio por la fecha, está a punto de pensar cuando siente ganas de cigarro. Saca nuevamente las manos de la comodidad de los bolsillos y tantea el interior de la gabardina, buscando la cajetilla blanca y roja L&M, Luis Miguel. Dos cigarros. Sale fumando muy lentamente calle abajo, el humo asciende en pura contorsión y los dedos amarillos en las puntas sujetan el cigarrillo que chupa sin piedad. Cada diez pasos la petaca, que le proporciona lo único que junto con la muerte, se puede asegurar a sí mismo y que alguna paz sí consigue otorgarle para entrar en la duermevela. Es ésta la época en la que empezaba a emborracharse suavemente, a ritmo constante y con cierta armonía en la media tarde, cuando las grandes preguntas le picaban irremediablemente.  ¿Quién no es, aun sólo parcialmente, consciente de su soledad? Únicamente los tontos, los simples, aquellos que confían en el amor, la felicidad y en otro tipo de sentimientos perennes. Desgraciadamente, él casi siempre ha rechazado ese tipo de sensaciones. Digo desgraciadamente porque envidia en cierto modo a quienes sí sienten esa protección, ese aval que les saca del agobio y les proporciona las agallas que más que nunca hoy necesita para enfrentarse a la muerte.

De camino, busca sin éxito un bar abierto en el que llenar la petaca ya casi vacía. Vagos do c… Mira alrededor, se asegura, está solo. Vagos do carallo. Se detiene a observarse en el reflejo de una ventana a través de las verjas que se entrecruzan oxidadas. Los ojos clavados con reflexión y calma, no rehúsa un solo detalle de sus facciones ya inadmisibles, se regodea en su decadencia. El pelo escaso, mojado y alborotado. ¿Los dientes? Abre patéticamente la boca para apreciarlos bien alineados, sabe que amarillos y con alguna pieza en ausencia. La papada prominente se extiende sobre el esternón, el pecho caído, poca panza sin embargo. Se imagina como un alma independiente, mirándolo por la espalda, compadeciéndolo, echando de más lo que él echa de menos. Ya casi ni la echa de menos. En esta fría y ventosa noche compostelana, él empieza a sentirlo así.

Alcanza por fin el Tambre que serpentea escaso bajo su puente metálico que le abruma. Se acerca borracho todavía y se sorprende ansioso. Estoy cansado, aquí las noches son largas y frías y estoy harto de soportar indiferencia y castigo.  Se justifica. Está solo y está seguro, se había convencido a sí mismo tantas veces, que lo de ahora era puro automatismo. No vería entrar el año nuevo. Sefiní,  piensa. Apura la petaca. Sefiní, repite en alto, desafiante. Posa ambas manos sobre la barandilla cuadrada, amplia y fría con un frío que contagia sus huesos. Se inclina con ánimo de revolcarse, pero incluso en estos momentos a uno le queda algo de dignidad, así que levanta la pierna izquierda tratando de mantener el equilibrio y la apoya en una de las barras metálicas en el justo momento en que estaba escrito que la humedad lo vencería y caería sobre él en forma de pinzamiento. Tropieza aparatosamente y capitula, entregándose al suelo del lado seguro con la cabeza dando en un charco, cayendo en la cuenta de lo mucho que le cuesta a uno concentrarse cuando quiere morir. Extendido patéticamente, trata de traer al presente a aquel ser primitivo y perdido que en un tiempo fue todo y parte de sí mismo y en el que no había ni una sola partícula de resentimiento. Recuerda, divertido, que él tuvo también algún día escuela, amigos, padres y todo lo que corresponde, que la tuvo a ella, la parte indivisible que sólo existe ahora en su recuerdo, precisamente lo más frágil. El todo derelicto. Siente ya el agua casi tibia sobre su espalda y no sabe cuánto tiempo lleva prisionero del reuma cuando decide abandonarse a la noche fresca, resolviendo burlarse de sí mismo y lamentando no haber dejado algo en la petaca para poder así beber aunque sea sólo como castigo. De esta forma él, que había jurado no ver amanecer un nuevo año, entra en 2018 entre el regocijo lejano, las campanadas de la Catedral y la pura mugre que lo envuelve. Antes de caer rendido al sueño, esboza una leve sonrisa.